Todo y la importante y numerosa industria que se instaló en Sants y a pesar del incremento de población que esto comportó, todavía quedaban, a principios del siglo pasado, amplias extensiones de tierra dedicadas a la agricultura, que perduraron hasta los trágicos años de la guerra, de la que se conserva una memoria muy viva en los abuelos de ahora que eran niños cuanto esta estalló, despiadada.

El campo y la huerta de Can Mantega

Calle Joan Güell arriba, se llega a la Plaza Can Mantega, desordenada, mal ajardinada; con un bosque de pinos resecos y mal colocados; un amplio rectángulo con agua; un recinto para que los niños pequeños puedan jugar y evitar que toquen con las cacas de perro que se extienden por todo el parque; una mesa de ping-pong que se encuentra solitariamente olvidada; cuatro bancos; unas pistas para la petanca, de límites borrados sobre la apretada tierra que, polvorienta, se extiende de punta a punta de su generoso espacio; el “Ninyu” desde el pedestal de su fuente situada en un lateral, parece contemplarlo, triste y conformado, añorando, quizás, tiempos pasados de gloria en los que era conocido y reconocido por todos los vecinos de Sants, desde la desaparecida plaza de la Fortuna. La plaza ahora está, en su mayor parte, rodeada de altos edificios, cuya construcción fue propiciada a partir de que esta calle amplia y rectilínea que comunica la Calle de Sants con la Diagonal, fuera abierta definitivamente en el año 19??, por la demolición de las fábricas…

La visión de Can Mantega es recordada por un abuelo nacido en el año 1927 en la calle Galileu, que dice recordando la niñez: “El balcón (del piso donde nació y donde vivía) era el de casa cuando yo era muy pequeño: antes de ir a la escuela –que no sé muy bien por qué razón familiar empecé a ir a los cinco o seis años – y antes de empezar los deberes, y el bachillerato, y la guerra, y el ir a trabajar cuando ya había otra guerra, más grande, pero más lejana… . Delante de casa … habían habido campos de cultivo de una masía que se decía Can Manega; después hicieron una casa alta que me obligaba a mirar más abajo de la calle (hacia el lado de “la carretera”) o más arriba (hacia la montaña de Vallvidrera, que la veía boscosa e indómita). Cuando Sants era todavía un pueblo, la calle se había llamado calle del Norte.”

Otro escritor, Josep Miracle, nacido en 1.904, que también vivió en la calle Galileo, fue pocos años antes, espectador privilegiado de la actividad de Can Mantega, y supo expresar con justicia y emoción aquellas sensaciones que nacían de la contemplación de los mismos campos que lo cautivaron. Josep Miracle escribe en Cuatro cosas de mi tiempo (memorias), ediciones La Palabra Viva: “ La casa de labrador de Can Mantega era … de unas proporciones enormes. Media docena de hombres la faenaban constantemente. El campo se puede decir que sólo reclamaba a los hombres dos veces al año: para la siembra y para la cosecha; el huerto era más cosa de cada día…. . Yo he visto nacer y aterrizar unos verdaderos campamentos de judías verdes y de tomateras con sus pirámides en base de puntales de cañas; y con el verde cambiante de la vegetación, yo he visto prosperar las coles y los brécoles, las alcachofas y las habas, las calabaceras y los melonares…. . Pero yo he visto, sobre todo, la esforzada operación de labrar aquel inmenso campo de la derecha… , el hombre siguiendo el animal, los puños aferrados a la “esteva” (pieza posterior del arado), la “rella” (pieza de hierro cortante, del arado) abriendo la entraña de la tierra y haciendo camino allá … un surco junto a otro surco (bache longitudinal del arado) …hasta quedar todo el campo removido, como rizado de tantos montones de tierra (montón de tierra entre dos surcos) en línea. Y yo he visto seguir el tendido de surcos paso a paso, con una mano aguantando la faldada, y la otro mano cogiendo los granos del regazo y esparciéndolas … y he visto pasar detrás el allanador deshaciendo los montones de tierra y tapando los surcos… la naturaleza , el suelo y la serena haciendo que con las semanas aquellas semillas apuntaran a ras de tierra, pintándola de un verde muy fino, … y con los meses el verde se volvía amarillo y la hierba se volvía tallo. Y todos los tallos hacían como un tipo de mar, moviéndose como oleadas al soplo del más suave viento.”

Así de minucioso era su relato, así de inspirada su prosa, así de poética su explicación. Y sigue con la siega, el batir, la operación de esparcir para separar el grano de la paja, para hacer el pajar. De esto hace muchos años pero los padres de los que hoy somos abuelos lo vivieron y pasa que estos abuelos han visto como el Sants industrial que destruyó la agricultura, no tardó mucho más en desaparecer también, durante la segunda mitad de siglo pasado, como aquel quien dice, ayer.

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